Introducción: La sensación de lima

«..y es también la hora de los grandes seísmos de Occidente, cuando las iglesias de Lisboa, con sus pórticos abiertos a las plazas y sus retablos encendidos sobre el fondo de rojo coral, queman la cera de Oriente ante el mundo... Los aventureros marchan hacia las Indias Occidentales»

Saint-John PerseChanté pour celle qui futla (1968)



«La cuestión del trabajo se divide en dos partes: la organización particular del taller y la organización del intercambio general de los productos.»

Manifiesto de los Delegados de las Corporaciones Rebelión de junio de 1848.




Diez años después de haberlo abandonado -la obra, la tierra y sus ritmos le han retenido mucho tiempo-, un hombre reemprende el camino del taller, se dispone a afrontar de nuevo la oficina de colocaciones. Se interroga, inquieto. Tras diez años de intervalo, qué le queda del «oficio», de ese paciente trepar por la escala desde el día en que, por suerte, fue admitido como «aprendiz de ajustador» en un taller lionés.

Pronuncia para sí discursos de audacia y de ánimo. «Mis manos me daban confianza ... una lima imaginaria pesaba entre mis dedos ... me harían una prueba ... Tenía confianza». Colocado al fin; un poco por astucia, a pesar de la barrera de los certificados, helo ahí, penetrando en el taller de Citroén Saint-Ouen en la década de 1920:

«Todo el espacio, del suelo a la techumbre de la nave, estaba roto, cortado, surcado por él movimiento de las máquinas. Grúas de puente corrían por encima de los bancos. En el suelo, unas carretillas eléctricas se esforzaban por circular en estrechos tramos. Ya no había sitio para el humo. En el fondo de la nave, unas prensas colosales cortaban travesaños, capós y aletas, con un ruido parecido al de explosiones. Entretanto, el metrallazo de los martillos automáticos de la calderería se imponía al estrépito de las máquinas.»

El descubrimiento es brutal. La fábrica hecha y llevada «al estilo americano» ha trastocado el antiguo orden de las cosas y de los hombres. El «oficio» pacientemente adquirido, el vaivén de la palma de la mano, el movimiento de los dedos, esa «sensación de la lima», por los que todavía a principios de siglo un obrero reconoce a uno de los suyos, son ya una especie de, arcaísmo. Ya no es el tiempo de las secuencias adquiridas, de la obra que se hace. Hay que ganarlo continuamente. «Era como en las películas locas, donde las imágenes se suceden a una velocidad sorprendente. El tiempo que se ganaba se perdía esperando la muela, la taladradora o la grúa de puente.» El segundo, o una fracción de él, regula en adelante el orden de las sucesiones. El cronómetro ha entrado en el taller: indudablemente está en marcha la mayor revolución de la historia humana.

De esa historia tratará en primer lugar este libro. Atravesada por una misma generación de hombres y mujeres que forjaron con sus manos la época moderna.

I I

La novedad, la diferencia no es sólo la introducida en el gesto del obrero, reducido a migajas. Con la entrada del cronómetro en el taller, la revolución que se emprende tiene una dimensión múltiple. De hecho, entra en juego una triple secuencia, que conlleva sus propios ritmos.

De entrada, secuencia completamente nueva en la relación de fuerza entre las clases

Al acabar con el control obrero sobre los modos operatorios, al sustituir los «secretos» profesionales por un trabajo reducido a la repetición de gestos parcelarios -en pocas palabras, al asegurar la expropiación del saber obrero y su confiscación por la dirección de la empresas el cronómetro es, ante todo, un instrumento político de dominación sobre el trabajo. Tecnología y táctica pormenorizada del control de los cuerpos en el trabajo, el taylorismo va a transformarse en un verdadero «conjunto de gestos» de producción, en un código formalizado del ejercicio del trabajo industrial, con la Organización Científica del Trabajo. Como instrumento esencial de ese proceso de reducción del saber obrero de fabricación a la serie de sus gestos elementales, el cronómetro es, por la misma razón, mucho más que eso.

Restituido a su dimensión social -el estado de la relación de fuerza entre clases tanto en el taller como en la sociedadel cronómetro (y los métodos de medición de tiempos y movimientos que instaura) aparece como la avanzadilla de un ataque dirigido, no contra el «trabajo» en general, sino contra la forma organizada y combativa de la clase obrera: el obrero profesional de «oficio» y su sindicato. Lo que el cronómetro pretende romper, atacando la confraternidad de los gremios, es la excelsa y avanzada figura de la resistencia obrera, condición de la primera industrialización, pero también principal obstáculo para la acumulación del capital en gran escala. Porque el obrero profesional, apoyado en la eficacia de su sindicato, llega a «regatear» elevadas tarifas e impone, con su manera de. actuar, su propio ritmo a la producción de mercancías.

Al sustituir al obrero profesional por el obrero-masa recién inmigrado, no cualificado y sobre todo no organizado, el capital modifica, en favor suyo y por mucho tiempo, el estado de conjunto de la relación de clases.

Con esto también se inicia una secuencia, económica enteramente nueva, un modo y un régimen nuevos de acumulación del capital: surge la producción en masa.

Al sentar el proceso de trabajo sobre una base nueva, «científica», el capital se halla en condiciones de imponer sus propios ritmos y normas a la producción de mercancías, rompiendo así las trabas impuestas a su expansión por el antiguo orden del taller, Y cuando, con Henry Ford, la cadena de montaje viene a relevar a las técnicas taylorianas de medición de los tiempos y movimientos y a someter el gesto del obrero a una cadencia regulada, se hace posible un nuevo modo de consumo productivo de la fuerza de trabajo. Sin relación, ni siquiera lejana, con lo que permitían los antiguos métodos de organización del trabajo. Las condiciones generales de la extracción del plustrabajo y la escala de la producción de mercancías cambian por completo. En adelante, con el apoyo de la cinta transportadora y de la cadena de montaje, la producción de mercancías en grandes series y de mercancías estandarizadas se convierte en la norma y la regla, suscitando la aparición de nuevas condiciones de producción en todas las ramas. La nueva economía del tiempo, nacida en el taller de las nuevas tecnologías de control y medición del trabajo, invade el mecanismo de conjunto de la producción social. Se asegura así el paso a un nuevo modo de acumulación del capital: lo que se ha llamado el sistema de la producción en masa.

La producción en masa: ésta ha sido la realidad en que se ha centrado sobre todo la atención, tratando de explorar sus diferentes dimensiones para darle un contenido económico preciso. Pues si bien historiadores y sociólogos del trabajo han emprendido estudios concernientes a la racionalización del trabajo obrero, en ninguna parte se ha constituido en objeto de estudio la relación entre proceso de trabajo y acumulación del capital. En cuanto a la economía política, desde muy pronto consagrada a una teoría del valor en la que el orden de la rareza domina el de los precios, hacía prácticamente imposible para sí misma tal objeto. Como señala H. Bartoli: «El capital es la categoría dominante en las sociedades occidentales, a él se concede toda la atención.»

Así, las series descriptivas del obrero en su puesto o el análisis de las técnicas de organización del trabajo, por un lado, y las teorías y los modelos económicos del crecimiento, por otro, han permanecido ajenas entre sí. Había que romper con esta exclusión recíproca. Y si hay una contribución propia de este trabajo, reside en esto: recordar la concatenación particular que conduce a las mutaciones introducidas en el proceso de trabajo por el taylorismo y el Fordismo a las que van a afectar a la acumulación del capital. Pues sólo con esta condición puede definirse de manera precisa el concepto de producción en masa.

Finalmente, con la producción en masa y como condición de ésta, se inicia una nueva secuencia en las modalidades y las prácticas estatales de regulación y control social

Lo esencial gira aquí en torno a las nuevas políticas de encuadramiento de la fuerza de trabajo creadas para permitir el desarrollo de la producción en masa.

Ante todo, había que fijar en torno a las nuevas concentraciones industriales y urbanas a esas formidables masas de hombres «vagabundos», campesinos expropiados de sus tierras, inmigrantes a los que el hambre y la miseria mantenían en estado de permanente insubordinación. Después, había que convertirlos en obreros fabriles, obreros en cadena, conseguir su sumisión a la nueva disciplina de la fábrica, a la ley del cronómetro. Por último, desde el momento en que la revolución económica en el campo los separaba de las bases rurales y domésticas de donde sacaban aún en gran medida sus medios de subsistencia, era preciso asegurar su reproducción por medios monetarios y mercantiles, por el consumo de mercancías producidas en el seno de la gran industria capitalista.

Contar, asistir, controlar: he aquí la triple exigencia que va a manifestarse -y de qué manera- en el gran desorden de la década de 1930. Un complejo dispositivo, el New Deal, y un pensamiento nuevo, el keynesianismo, se esforzarán por darle una respuesta.

De ahí resultará un Estado de nuevo tipo -el Estado-Plan, dirá Antonio Negri en una palabra, que progresivamente se constituirá en maestro de obras y operador general de la reproducción del trabajo asalariado, estableciendo su fuerza y su legitimidad sobre las quiebras y las ruinas del capital privado. La gran industria taylorizada y fordizada encuentra entonces el relevo que precisaba a fin de redoblar los dispositivos necesarios para la movilización y la reproducción de las fuerzas de trabajo entradas masivamente en el salariado. En primer lugar, unas instituciones nuevas, los «seguros sociales» -consolidados después de la guerra en forma de sistemas nacionales de Seguridad Social- van a ocupar un lugar excepcional.

Imperativos «económicos» e «imperativos» políticos van a fundirse así en unos dispositivos materiales y legislativos, donde el Estado -mitad «providencia», mitad policía- se abre su propio camino. Entre capital y sociedad civil.

Cogido así entre el taller y el Estado, no ya el sólo trabajo obrero sino el conjunto del trabajo asalariado va a alimentar en lo sucesivo esa formidable acumulación de mercancías que caracteriza a los tiempos modernos.

I I I

A la hora en que las burguesías occidentales, tras haberlo destruido sistemáticamente -«científicamente» decían hace poco- descubren o redescubren la existencia del «problema» del trabajo industrial y lo declaran en «crisis», esta investigación es algo muy distinto de un ejercicio arqueológico.

Más aún, es la claridad arrojada sobre el Occidente racionalizado -sus talleres de producción y control- por el ciclo de las luchas obreras emprendidas en la década de 1960, la que ha hecho posible un retorno a las estrategias de dominación, dentro y fuera de la fábrica, que han asegurado el desarrollo de la producción en masa. Como estas estrategias se deshacen ante nuestros ojos para dejar paso a nuevas políticas -en busca de una economía del control y del tiempo más adecuada- se hace posible establecer sus intereses y desmontar sus mecanismos.

De ahí resulta algo así como una historia por períodos de las relaciones capital/trabajo. Pues la nueva eficacia de la resistencia obrera y la crisis de la organización «científica» del trabajo, que es su expresión social manifiesta, permiten seguir por una especie de recurrencia los grandes momentos del desarrollo del capital, considerado en su relación con las formas, tradicionales o nuevas, de la resistencia obrera. Para explicar el movimiento del capital se ha visto la necesidad de restituir los contextos y las coyunturas. No ateniéndose a la cronología de los historiadores, sino siguiendo un método que podríamos llamar «topológico», el cual conduce de un momento a otro en. el que se enfrentan las figuras esenciales de la dominación y la resistencia

Hasta el actual estado de cosas. Reconocido en su inmediatez, pero también como resultado de una historia compleja, incesantemente representada. Pues si, como se afirma, el obrero-masa ha constituido uno de los puntales del «crecimiento» moderno, su irrupción en la escena social corre el peligro de trastocar muchas situaciones supuestamente seguras. Es posible abordar una serie de cuestiones, planteadas desdé hace por lo menos un decenio, que preocupan hoy al conjunto de la sociedad, y precisar lo que en ellas está en juego. ¿Qué pasa con la llamada «crisis del trabajo industrial» y qué relaciones se pueden establecer entre éstas y las dificultades actuales de la acumulación del capital? ¿Qué origen se puede atribuir a la renovación de la resistencia obrera, a su nueva eficacia, y en qué medida se puede ver en las actuales circunstancias un punto de vista obrero sobre lo que pueda ser la fábrica del mañana? Por último, ¿cuáles son los objetivos perseguidos en las tentativas de recomposición de la cadena de montaje o en la declarada «revalorización del trabajo manual» ... ?

Concebido como un conjunto de herramientas, este libro, balance a su manera, pretende ser ante todo un instrumento que permita abordar el estudio de estas cuestiones.