«Todos parecían alegres y alertas, complaciéndose en poner en juego los músculos,
sin fatiga, gozando plenamente de la vivacidad natural de su edad... Daba gusto
observar la agilidad con que reunían los hilos rotos cada vez que retrocedía el
carro del telar y, verlos entretenerse en todas las posiciones imaginables, tras
los pocos segundos de actividad de sus finos dedos, hasta terminar la retirada
y el enrollado.
El trabajo de aquellos elfos ligeros parecía un juego en el que su largo
entrenamiento les permitía una encantadora destreza...»
Andrew Ure, Philosophie of manufactures (1845)
Con Frederick Taylor, a principios de siglo, todo cambia: la «holganza» obrera se convierte en blanco de ataques hasta que se consigue Iimitarla. Pero, para medir la amplitud de la revolución introducida, hay que volver primero a lo que desaparece. Recorrer el campo de las relaciones de clases a lo largo de todo el siglo XIX, en el que resuena incesantemente el grito de los fabricantes en busca de obreros «hábiles» y «disciplinados». Entonces aparece la verdad desnuda: el obrero de oficio, heredero de los «secretos» del gremio, sigue siendo la condición ineludible, la figura necesaria de la manufactura. Más aún, la industria, en su conjunto y como tal, depende de él. A este respecto confiesa Ure que durante setenta años «las manufacturas fueron débiles e inestables», al estar obligadas a desplazarse a donde hubiera obreros hábiles. Imagen fascinante hoy día -en la época de los tráficos internacionales de mano de obra- la de los patronos de las manufacturas sometidos al vagabundeo obrero, reducidos a seguir su movimiento, instalando el taller donde el obrero establece su morada.
Por lo menos la Inglaterra de Ure disponía de una importante reserva de obreros hábiles. En tierras americanas, las cosas están mucho peor. Y la queja es más franca:
«Nuestro capital -escribe Wakefield- ya estaba pronto para efectuar muchas operaciones que requieren un lapso considerable para su consumación, ¿podíamos emprender tales operaciones con obreros que, bien lo sabíamos, pronto nos volverían las espaldas?»
..para instalarse, miserables granjeros, pero amos en su casa, en las tierras libres del Oeste.
Disponer, y en número suficiente, de obreros hábiles: tal es, el tema que se repite continuamente. y no solo el de los períodos fastos cuando la manufactura está atestada de balas de algodón y hace funcionar sus lanzaderas a pleno rendimiento. Si, por suerte, una localidad acoge a una fuerte comunidad obrera, se procura retener allí a los trabajadores aun cuando las manufacturas no puedan ya darles trabajo. En lo mas violento de la crisis, entre la revuelta y el hambre, lo esencial para los fabricantes es conservar de manera estable el obrero y su oficio.
La crisis algodonera de Lancashire -ya bien entrado el siglo XIX- presenta para nuestro objetivo el interés de haber colocado en el centro de los debates esta cuestión del papel de los obreros «hábiles» y, en su punto culminante, haber puesto al desnudo este cinismo necesario, carne y hueso del capital en su nacimiento.
1863, en plena revolución industrial: los distritos obreros de Lancashire. Como consecuencia de los estragos de la guerra civil, no llega el algodón del Sur americano. Las manufacturas inglesas que se abastecían de él callan, cierran y arrojan al hambre a millares de obreros y sus familias (ver hambruna algodonera de Lancashire). Estos, «obreros de máquina», atacados otra vez por la miseria, reclaman por fin el derecho a emigrar. En la Cámara de los Comunes, adonde se lleva la petición, todo se resume en una exclamación:
«Fomentad o permitid la emigración de la fuerza de trabajo: ¿qué será entonces del capitalista?»
El señor Potter, antiguo presidente de la Cámara de Comercio de Manchester, al publicar en el Times lo que por mucho tiempo será el Manifiesto de los fabricantes, llama a interpretar bien lo esencial:
«[Los obreros] son la fuerza espiritual y adiestrada que no se puede reemplazar en una generación»
Precisa lo que tiene poca importancia:
«La otra maquínaría con la que trabajan, por el contrario, podría sustituírse ventajosamente y perfeccionarse en doce meses»
Alegato conciso y notable, basado todo él en el mismo argumento:
«¿Puede haber algo peor para los terratenientes o patrones que renunciar a sus mejores obreros y desmoralizar y disgustar a los demas con una emigración amplia y vaciadora, un vaciamiento del valor y el capital de una províncía entera? (...) y decid ahora si existe un plan que sea más suicida, para todas las clases del país que este de debilitar la nación exportando sus mejores obreros fabriles y desvalorizando una parte de su capital y riqueza más productivo»
Como era de esperar, se ganó el pleito, la prohibición de emigrar no fue derogada y los obreros de máquina de Lancashire se quedaron donde estaban, como exigía su «valor». La burguesía inglesa inauguraba una nueva forma de encierro: el workhouse «moral»
Así pues, en el nacimiento de la industria y como condición de este, la mano del obrero y su «oficio» son una reserva de la que el capital debe alimentarse ante todo, de la que saca su sustento.
El ejemplo de la industria algodonera acaba de demostrarlo y la. metalurgia lo repite. Cuando los primeros procedimientos mediante carbón suplantan al antiguo horno de leña «a la catalana», se hace venir de Inglaterra al maestro laminador, pagándole a precio de oro y consintiéndole muchos privilegios, entre ellos el de residir periódicamente en París. Dicen que el propio Schneider se coloca como simple obrero en una siderurgia Inglesa buscando los «secretos» de los que depende el desarrollo de su indústria
En este rodeo, esta oportunidad, se encuentran muchas de las complicaciones de «la industrialización» precoz de la Europa occidental: el aprendizaje y el gremio, «fábrica» de obreros hábiles, depositarios Y vehículos del oficio.. y el obrero lo sabe. Mucho después de la disolución de los gremios, se guarda el oficio como patrimonio familiar, sólo transmitido a la descendencia. Durante todo el siglo XVIII y hasta I mediados del XIX
«...el grueso de los obreros internos procede al autorreclutamiento a través de la institución familiar. Por regla general, los empleos nobles de fundidor y afinador son ocupados por los hijos de los maestros.»
Esta «endotecnia», prosigue el autor, funciona como una barrera erigida contra el maestro de forja, como una forma obrera de resistencia a su poder:
«Aunque hubiera extranjeros dispuestos a abrazar el oficio de herreros, escriben ciertos maestros de forja de Haute-Mame al emperador, las familias que están en condiciones de hacerlo se negarían a hacer aprendices (...). Les parece que cuanto menor sea su n mero, más dominarán a los maestros y más les obligarán apagarles, y se niegan a instruir a los extranjeros de buena voluntad, sabiendo muy bien que son indispensables para ese aprendizaje.»
Durante cerca de treinta años (1792-1820), «los herreros de Doulevant (Haut-Marne) pertenecen a las cuatro mismas familias
Caso límite, ejemplo demasiado probatorio: sin duda. Pero sería ciertamente un error no ver en estas prácticas el indicio de una generalización de la resistencia obrera constituida en torno al oficio. Generalización, pero también eficacia de la organización obrera. En Estados Unidos tierra nueva y casi sin herencia, penuria de mano de obra calificada y eficacia del sindicalismo de oficio combínan sus efectos de tal manera que el «oficio» se ve allí en su limite extremo: no como condición de la industria, sino como un obstaculo para la acumulación de capital.
Más que cualquier otro país los Estados Unidos, se resintieron de la falta de obreros de oficio en un numero suficiente, e incluso hasta la decada de 1860, de la falta de obreros a secas, de ahí la dificultad endemica del capital amaericano para asegurar su desarrollo. De ahí tambien las lamentaciones de los manufactureros, repetidas sin cesar hasta la segunda mitad del siglo XIX. «Escasez» e «indiciplina» son según Wakefield y desde 1820, los obstaculos fundamentales:
«Si hubiéramos estado seguros de poder retener el trabajo de esos inmigrantes, los habríamos contraitado y a un precio elevado. E incluso los habriamos contratado pese a la seguridad de su pérdida si hubiésemos estado seguros de contar con nuevos refuerzos a medida que los necesitabamos.»
En la década de 1840, Merivale insiste en el mismo tema con mayor fuerza todavía:
«Debido al alto nivel de los salarios, en las colonias existe un deseo apasionado de trabajo más barato y servicial, de una clase a la que los capitalistas puedan dictarle las condiciones, en vez de tener que aceptar las que ella dicta...»
De ahí esta observación en a que apuntan ya las violencias venideras:
«En paises civilizados desde antiguo, el obrero, aunque libre, depende del capitalista por una ley de la naturaleza, en las colonias debe crearse esa dependencia por medios artificiales.»
Como se ve, en estos textos americanos el acento es distinto al que encontramos entre los fabricantes de Lancashire: el obrero y su oficio no son ya «cosa» del capital, su «valor» incluso, sino el obstáculo fundamental para su desarrollo.
No sólo por su escasez -relativa, por lo demás- sino también y sobre todo porque permite y hace posible el dominio de un oficio, de un saber de fabricación. Pues si bien la conservación de los «secretos» en el seno de la estirpe del maestro es la excepción, el «oficio» constituirá de manera sistemática y general ~durante todo el siglo XIX- la piedra angular sobre la cual será construida la organización obrera, su capacidad de resistencia, su fuerza. Es en los Estados Unidos, más que en cualquier otra parte, donde las cosas toman el giro más evidente
La organización obrera por excelencia es aquí, durante este período, la AFL (American Federation of Labor) conjunto más o menos estructurado y homogéneo de «uniones» profesionales. La afiliación tiene un carácter estrictamente de oficio, y esta práctica se lleva a sus últimas consecuencias: los unskilled (obreros no especializados) son generalmente excluidos de la asociación.
Esta selectividad (que tiene su reverso; volveremos sobre ello) es también la base de la eficacia de la Asociación en el orden que le es propio. De hecho, la AFL funciona como un subcontratísta, asegurando una cierta «gestión» del mercado del trabajo obrero por cuenta de los fabricantes. Garantiza el aprovisionamiento en fuerza de trabajo, administra la afluencia en cantidad y cualidad. La contrapartida exigida es que el fabricante respete la «tarifa»sindical. Dispositivo complejo, la «tarifa» no sólo comporta la tasa salarial sino también (cuando el salario es «por horas») el «tiempo» requerido por cada tipo de pieza y la especificación de lo que hoy se llama «norma» de calidad.
En esta particular configuración de las relaciones de clases, la negociación gira en torno al «sello»: concebido si se respeta la «tarifa» -y si los obreros son reclutados en el seno de las «uniones», es rechazado en el caso contrario. Por lo que a los obreros cualificados se refiere la lucha se organiza en torno a amplias campañas de «boicot»
La historia de la clase obrera americana está jalonada de formidables campañas de boicot, que a menudo conducen a espectaculares quiebras comerciales. Pero, como ya se ha dícho, estas prácticas también tienen su reverso. Como práctica, eminentemente de la aristocracia obrera, se persigue la defensa del oficio con el espíritu de secta y el egoísmo de categoría más implacables. La persecución contra los «amarillos» se confunde con una guerra abierta a los «unskilled», obreros no especializados rechazados por el sindicato y obligados a vender su fuerza «fuera de tarifa». Racismo y xenofobia son partes constitutivas de la ideología de la AFL. Un ejemplo entre mil son estos extractos de una circular que las Uniones de Cigarreros distribuyeron profusamente:
«¿Por qué exponerse? Los cigarros sin sello azul son positivamente peligrosos... El Sun de Nueva York ha publicado, bajo el titular: «Los cigarros de la muerte», las siguientes líneas: «Los inspectores de las tenement houses no han encontrado en ningún distrito de Nueva York al hacer sus rondas nada más peligroso para la salud pública que las tenement houses en las que se fabrican cigarros... El doctor Tyler, miembro del Consejo de Higiene de la ciudad de Nueva York, aconseja no fumar dichos cigarros porque si bien no se puede afirmar que propaguen enfermedades contagiosas, tampoco se puede negarlo... El señor Enro, comisario de la oficina de estadística de California, ha visitado los infiernos infectados de opio del barrio chino de San Francisco y ha visto a los chinos morder la punta del cigarro que liaban y mojarlo con saliva para adherir las hojas de tabaco con mayor facilidad»
Aclaración: esta circular tenía por título «La salud del fumador»; el «sello azul» de la Unión llevaba la siguiente inscripción:
«La presente certifica que los cigarros contenidos en esta caja han sido elaborados por un obrero de primera clase, miembro de la Unión Internacional de Cigarreros de América, organización que combate el trabajo inferior ejecutado en talleres donde trabajan ratas o culis, en cárceles o en tenement houses»
De hecho, y durante algún tiempo, el éxito de las politicas basadas en el sello fue real. En numerosos casos se confirmó como un instrumento muy adecuado de colaboración de clases. Además de las ya indicadas funciones de sub contratista de mano de obra asumidas por el sindicato, el fabricante hábil podía sacar muchas ventajas de la práctica del sello
Sin embargo, considerando las cosas con suficiente amplitud, aun cuando pudiera servir de base de tráficos múltiples -pasto de aventureros-, el sello y más generalmente la dependencia en que se encontraba el capital en lo concerniente al aprovisionamiento de fuerza de trabajo aparecen en primer lugar como un limite insoportable, y muy pronto el pensamiento patronal se vuelve contra el oficio, dedicado por entero a quebrantarlo o soslayarlo para crear las condiciones de una acumulación del capital a gran escala.
1. El capital busca primero una salida en la máquina. Desde aparición, esta es concebida como un medio de soslayar las Iíneas de resistencía levantadas por el oficio. Escuchemos de nuevo a Ure sobre este particular. Es el pensamiento moderno casi enteramente constituido:
«El gran principio de la manufactura moderna es reducir, a través de la union del capital y la ciencia, el trabajo de los obreros al simple ejercicio de la vigilancia y la destreza, facultades -sigue precisando Ure- que alcanzan una especie de perfección en los niños»
«La unión del capital y la ciencia» -nada menos- es detallada por Ure en el conjunto de sus virtudes, aunque éstas sean meramente potenciales:
Reducción de los costos de fabricación:
«El trabajo, más o menos especializado es generalmente el elemento más caro de la producción (...) Ahora bien en la fábrica automatizada (...) el trabajo especializado puede ser suprimido progresivamente y también ser suplantado por simples vigilantes de máquina»
Aumento del ritmo de trabajo:
«Cuán productiva será la industria cuando ya no dependa de los esfuerzos musculares, que son, por naturaleza, inconstantes e irregulares, sino que sólo haya guías de trabajo, dedos y brazos mecánicos, movidos con regularidad y suma rapidez por una fuerza física infatigable»
Lucha contra la organización obrera:
«El solo nombre de 'sindicato' pone al capital en guardia y a la ingeniosidad en estado de alerta para romper sus objetivos» (fuente de las citas: Philosophie of manufactures, Andrew Ure)
Por último, y éste es el gran tema del período: lucha contra «la insubordinación y la indisciplina» obreras. La opinión de Ure es que la principal dificultad consistió en obligar a los hombres a renunciar a sus costumbres de trabajo desordenadas e identificarse con la invariable regularidad del complejo automático. Ure habla aquí -de la empresa Hercule, sacada adelante por Richard Arkwright, cuya máquina (el water frame) permitió el progresivo establecimiento de un «código de la disciplina de fábrica» (a code of factory discipline).
En pocas palabras, la máquina no sólo posee la virtud «económica» de hacer el trabajo más productivo, sino que sobre todo -y el mérito de Ure es decirlo explícitamente- puede ser instrumento de «regularización» y sometimiento de los trabajadores. Y en estos tiempos, en que el nuevo orden industrial y mercantil sólo progresa alterando el equilibrio de varios decenios, la insubordinación Y la indisciplina del obrero siguen siendo el gran problema. De ahí la amplitud y la fuerza de la pretendida «holganza» obrera.
Desde su nacimiento, el rechazo. obrero de la fábrica capitalista («prisión atenuada», dice Marx) se expresa en su movilidad. Al que no tenga ningún oficio que lé ponga a cubierto, le queda al menos el campo y el ciclo de los trabajos agrícolas. La huida a los centros industriales donde el capital no ha impuesto todavía su ley de bronce. Desde luego, la máquina puede obligarle, pero al obrero adulto le quedan todavía puntos de resistencia
2. De ahí esa preferencia de los fabricantes por los niños, en la medida en que, como declara Ure:
«incluso hoy día, en que el sistema está organizado en toda su perfección, resulta casi imposible encontrar, entre los obreros que han pasado la época de la pubertad, auxiliares útiles para el sistema automático.»
La entrada niños de «ojos vivos» y «manos ágiles». puede constituir una segunda linea de ataque complementaria de la primera, pues la máquina permite ampliamente esta bicoca: el consumo productivo de los niños, rompiendo una línea débil de la resistencia obrera
Aún a riesgo de desagradar, hay que extenderse aquí, entrar en detalles, ya que, tras la figura de la máquina, se perfila, durante algunos decenios, la del niño, y está en juego su entrada a la escena pública. Más aún: las leyes sobre el trabajo de los, niños constituyen sin duda, en Occidente, una de las primeras. politicas burguesas sistemáticas de administración de la fuerza de trabajo obrera. Una de las primeras brechas que el Estado y el legislador abren en un bosque de intereses particulares para expresar una racionalidad nueva
En el discurso de los fabricantes, se invoca ante todo el consumo productivo del niño como una «necesidad técnica»: la finura de sus dedos, la pequeñez de su estatura y de sus miembros hacen de ellos los únicos aptos para efectuar ciertos trabajos. ¿Quien podría deslizarse bajo el telar con la misma agilidad para annudar un hilo roto o ajustar una lanzadera que falla? La simple razón lo exige
«...los delicados y flexibles dedos de los niños son más convenientes que los de los hombres para efectuar el anudado de los hilos, tarea que se les encomienda especialmente (...) dan muestra de una flexibilidad del cuerpo para colocarse en cualquier parte del telar de la que sería incapaz un adulto.»
Aquí se afirma una cierta «economía». No sólo pecuniaria -a los niños se les paga tres o cuatro veces menos que a sus parientes adultos- sino tambien economía de energía productiva, de cuerpos trabajando. El señor Sanderson, fabricante de acero, laminados y forja, lo precisa:
«El trabajo de los muchachos es de un tipo para el cual la fuerza de éstos es en general enteramente suficiente y en consecuencia no derivaría de la mayor fuerza de los hombres ninguna ganancia que compensara la pérdida ...»
Conviene señalar desde ahora esta economía singular -del cuerpo en el trabajo- aquí todavía en estado de balbuceo en el discurso de los fabricantes. La historia le dará una continuación
Sin embargo, las verdaderas razones de esta preferencia de los manufactureros por los niños sólo salen a la luz más que en "Tas solicitudes formuladas a las autoridades locales -desde finales del siglo XVIII- para que les entreguen «huérfanos» y «abandonados» de los hospicios
Estas razones se resumen en una consigna: contra el peligro que supone para la manufactura la «holganza» de los obreros adultos, asegurar la continuidad de su aprovisionamiento en fuerza de trabajo «dócil». Aunque haga algunas «travesuras» en el taller, el niño -sobre todo si está «preparado» por la díscípina y el reglamento del hospicio proporcionará esa fuerza viva de trabajo ágil y dócil que la manufactura necesita.
Sobre todo, a diferencia de sus parientes adultos, puede ser retenido en el recinto de la manufactura de modo permanente, sin temor a que los ritmos de las temporadas, del trabajo en el campo o el llamamiento a filas vengan a dejar el taller vacío de brazos
El niño asegura así la continuidad del flujo industrial entre el ritmo de las estaciones. En la industria naciente, es elemento de permanencía y garantía de continuidad. Lo que de regularidad y «disciplina» no puede obtenerse del obrero adulto, puede obtenerse del niño.
Ure lo notaba ya: en el telar, anudando los hilos, se agita un «vivero de obreros hábiles». Porque, dócil en el trabajo, el niño lo será más todavía en el aprendizaje- Resumíendo, se espera obtener de los niños los obreros necesarios. Crecidos con la manufactura, al ritmo de las lanzaderas, el runo se convierte, como dicen Douailler y Vermeren, en «educador del obrero»
De ahí que pueda pensarse como proyecto -si no como realidad, ya que todavía durante mucho tiempo seguirá siendo letra muerta- la ley de 1841: al limitar el número de horas productivas exigibles al niño, hace obligatoria -y condición de entrada en la manufactura- la asistencia a la escuela.
Intenta afirmarse una política que prepare -oponiéndose si es preciso a los manufactureros más ávidos- una generación nueva: cuerpos protegidos de un desgaste demasiado precoz, cabezas pacientemente sometidas a las cifras y las letras en el recinto de los muros de la clase ...
3. Sin embargo, ni la máquina ni el trabajo de las mujeres y los niños podrán suplirlo todo. Y el «oficio» sigue siendo un paso obligado para muchas obras. El sistema de «destajo» o ajuste a tanto alzado fue, antes de Frederick Taylor, una de las fuerzas más eficaces utilizadas por los fabricantes para tratar de circunscribir el oficio. ¿De qué se trata? Una definición de la Oficina del Trabajo precisa las cosas:
«Un destajista es un subcontratista de mano de obra que, con las materias primas -Y la máquinaria proporcionadas por los patrones, hace ejecutar unos trabajos a él confiados, ya sea en el taller o en la obra del patrón, ya sea en su propio domicilio, con la ayuda de obreros contratados y pagados por él por día y por pieza sin intervención del patrón.»
Dicho de otro modo, nuestro «destajista», definido como «subcontratista» de mano de obra, se parece mucho al obrero de oficio. Con la diferencia de que aquí las cosas se hacen a lo grande. No sólo le asisten los «ayudantes» y los «aprendices», como es, costumbre: el destajista lleva las cosas mucho más lejos.
Erigido en organizador del trabajo y contratista de mano de obra, administra por cuenta del empresario que lo emplea todas las cuestiones relativas a la mano de obra: contratación, pago, organización del trabajo y vigilancia. «La empresa» no existe entonces más que en forma dividida; secciones enteras de fabricación, perfectamente autonomizadas y separadas són confiadas a la actividad del destajista
Es preciso interrogarse sobre esta «forma» singular, pues, al meditar sobre ella, se ve claramente que las «funciones» cedidas al destajista son precisamente las que, años despues, defenderá con mayor celoel capitalista como prerrogativas exclusivas, he aquí la solución de la paradoja: el destajista:
«Como hombre de oficio esta en condiciones de cumplir con más eficacia que el patrón ordinario las dos funciones esenciales de las que descarga a este: la del reclutamiento y la de la organización y vigilancia del trabajo.»
Resumiendo: a falta de poder quebrantarlo o eliminarlo, se trata de utilizar el oficio contra si mismo empleando a un hombre del oficio para vigilar y controlar el trabajo de los demas. De ahí la oposición, a menudo muy energica, de los obreros al sistema de destajos, pues resulta evidente para ellos que «con el destajo uno no puede relajarse en el trabajo» como podía hacerlo con un patrón situado demasiado alto o demasiado lejos, el cual no puede, como hace el destajista, organizar el trabajo mediante los metodos más racionales y controlar su ejecución.
J. Allais, teórico apologético del destajo, pone el dedo en la llaga cuando apunta que lo que buscan los obreros que piden supresion de los sistemas de destajo -Los destajistas son pronto excluidos de la CGT- es:
«...llevar al contratista principal al mercado del trabajo y, abusando de la ignorancia de los hombres, obligarle a tomar y contratar hombres de todas las clases, es hacer imposible la selección.»
El destajista evita todos estos «riesgos». al contratistal por su «conocimiento de los hombres» y del oficio porque, al trabajador con un «presupuesto» -«nota» en la que el destajista consigna sus gastos- debe «contener» los costos, ya que es personalmente responsable de todo rebasamiento del presupuesto previsto.
Teoricamente prohibido por una ley de 1848, el destajo se conservara y desarrollara en la práctica: a nivel de la división del trabajo y la organización de la producción, constituye un méthodo demasiado eficaz de control y sujeción de las fuerzas de trabajo
No se agotará hasta mucho más tarde, cuando el desarrollo de las escalas y los mercados permitan a la gran industria y a la producción en serie sentar su hegemonía sobre una base estable. Entonces se verá que su forma deteriorada de «sweating system» -sistema del sudor- es una base demasiado reducida y frágil para la acumulación del capital.
A comienzos del siglo, en los albores de las grandes racionalizaciones del proceso de trabajo, no hay aún nada decidido en la gran lucha entablada entre capital y trabajo. Por doquier las estrategias de sujeción avanzan, retroceden sobre sí mismas, recurren al hospicio, a la cárcel y al ejército
Pero la forma específica bajo la que la disciplina va a afirmarse y a llevar consigo un desarrollo sin par de la acumulación del capital sigue todavía gestándose. La composición «técnica» de la clase obrera dicta su expresión «política», determina sus formas de resistencia, y el obrero del montón -no especializado, expropiado del campo pero dispuesto a volver a encontrar de nuevo en él, con la siega o la recolección, sus gestos tradicionales- no opone finalmente menos resistencia a la intensificación del trabajo que el obrero gremial, refugiado en su oficio y defensor vigilante y orgulloso de sus «secretos».
La producción capitalista -sacudida periódicamente por violentas crisis- no se reproduce más que por la brutalidad del consumo del trabajo juvenil, por la violencia de la máquina y también por el hambre, que obliga a los proletarios que ya no tienen otra cosa a vender «sus brazos», como suele decirse. Este capitalismo de negocios, mezquino y ávido, sigue todavía, entre insurrecciones y luchas obreras, en busca de su fuerza de iniciativa. Habrá que esperar a Taylor y el «scientific management» para franquear las etapas decisivas.