5: Los "tiempos modernos"

«No puedo permanecer insensible a lo que creo que es la justicia y el sentido común; pero la lucha de clases me hallará del lado de la burguesía ilustrada (...) En el terreno económico esto equivale a buscar una nueva política y unos nuevos instrumentos capaces de controlar y adaptar el juego de las fuerzas económicas, a fin de que no se opongan abiertamente a las modernas ideas de justicia y estabilidad sociales.»

John Maynard Keynes
¿Soy liberal?, 1925


Taylor, Ford y, detrás de ellos, el ejército de los cronometradores y analizadores -infantería de la nueva racionalidad del capital- lo han conseguido: al acabar la guerra, en la década de 1920, una economía nueva regula los aparatos de producción. Con ella, la sociedad civil en su conjunto parece presa de un ritmo nuevo y singular.

Han comenzado los años «locos». A distancia, parece como si la nueva economía del tiempo en el taller no pudiera encontrar eco fuera de él más que en esa formidable gratuidad del comportamiento: los sombreros de las señoras, los chalecos de los caballeros, las noches, el tiempo malgastado por todos. Parece como si, después de dos guerras -«civil», una; mundial, otra- en la disipación de los mitos fundadores, entre el eclipse forzoso de la aristocracia terrateniente y sudista y el ascenso del modo de vida nordista, urbano e industrial, la época, o al menos sus clases acomodadas, se permitiera el lujo de un intermedio.

Será de corta duración y acabará antes incluso del final de la década, cierto jueves, cuando un episodio bursátil revele brutalmente la fragilidad del coloso.

Las fuerzas liberadas por la actividad de los grandes capitanes de industria, Taylor, Ford y también John D. Rockefeller o J. P. Morgan, ocupan de nuevo el primer plano de la escena. Es en cierto modo, la vuelta del objetivo: la crisis está ahí.

Paso a paso, por parte de los gobernantes y bajo el formidable empuje de las luchas obreras, habrá que hacer el inventano, tratar de reunir los fragmentos que se pueda.

Entre todos, un hombre sabrá interpretar la crisis en sus novedades, en lo que contiene ya del orden futuro. Convencido de que la crisis que se presenta no es la simple repetición del pasado, sino obra de fuerzas nuevas, sabrá dar un vuelco empleando un lenguaje siempre audible por sus colegas, a la teoría y la practíca de lo que todavía se llama el «equilibrio».

Después de Taylor y Ford, Keynes viene así a terminar el edificio. Tras la teoría y la práctica de la producción en masa en el taller la teoría y la práctica del tipo de Estado y de regulacián que le corresponden

Desde luego, todo esto desde un punto de vista estrictamente capitalista, en busca de una operatividad de la reestructuración y de la regulación, pero la eficacia resultará real y duradera.

Así pues, la crisis da origen al Estado moderno. Pero ¿de dónde viene la crisis en sí?

I

DE LA DECADA DE 1920 A LA DE 1930: «NORMAS» Y CRISIS

Para, tratar de comprender lo que está en juego en la crisis de la decada de 1930, hay que volver a la noción de producción en masa. Para establecer la novedad y la singularidad del tipo de transformación que instaura, se había definido la producción en masa a partir de un «juego» entre normas nuevas -de trabajo, de producción y de consumo- y las condiciones concretas de su acumulación (e]. cuadro adjunto). Pero hay que seguir adelante.

Porque el enunciado del «esquema formal» al que se puede referir la producción en masa debe prolongarse con ciertas precisiones que conciernen a los procesos reales por los cuales y a través de los cuales se ha extendido. Deben señalarse así varios puntos relativos a las condiciones del establecimiento de cada una de estas normas nuevas, por una parte, y a su artículación y «funcionarniento» en un proceso de conjunto por otra.

La «crisis» de la década de 1930, como el tipo de Estado que va a resultar de ella, pueden así ser «contemplados en perspectiva» y reconsiderados con relación al nuevo esquema de acumulacíón del capital surgido del fordismo.

  1 -   Centrándose en primer lugar en las mutaciones que afectan a la producción de mercancías, hay que señalar que la introducción y la hegemonía del taylorismo y el fordismo en los talleres no se producen en un día ni de una vez. Iniciada a principios de siglo, la lucha emprcndida por el capital para imponer las técnicas del «scientific management» se extiende a lo largo de décadas.

Conoce momentos de aceleración y progreso rápido (sobre todo con ocasión de la guerra), por el contrario, ritmos lentos y momentos de estancamiento. Según las industrias, las localidades, las tradiciones de organización y la eficacia de la resistencia obrera, son diferentes los ritmos de transformación y algunas veces sus propios cursos. A esto hay que añadir que perdurarán durante mucho tiempo formas manufactureras, «pretaylorianas», ya que los mismos gerentes se mostrarán frecuentemente escépticos con respecto a la eficacia de los nuevos dispositivos y vacilarán en acometer las transformaciones necesarias.

En resumen, si es cierto que la racionalización del trabajo avanza, lo hace sólo progresivamente, a sacudidas, a un ritmo y una velocidad desiguales según las ramas, las industrias y los talleres.

En términos económicos, y eso es lo importante, esto significa que, en todo momento, para un conjunto de mercancías de valor de uso comparable, hay siempre una coexistencia de diferentes tipos de procesos de trabajo, que también son desigualmente eficaces desde el punto de vista de la valorización del valor y del capital invertido.

Así se manifiestan sin cesar unas diferencias de productividad entre unidades de producciones invertidas en la producción de las mismas mercancías (o de mercancías con valores de uso comparables). Estas diferencias de productividad no pueden durar mucho. A la larga, acaban por traer la ruina a las unidades de producción basadas en los soportes menos eficaces.

Si se acelera el ritrno de la «ruina» de las unidades más débiles y si esta «ruina» afecta a una cantidad significativa de talleres, entonces nos hallamos ante lo que se llama una «crisis», ya se traduzca ésta en una simple desvalorización de capital (que ya sólo puede venderse por debajo de su valor) o en su pura y simple destrucción, en su expulsión de la esfera mercantil.

Considerada desde este punto de vista, la racionalización tayloriana y fordiana de los procesos de trabajo no podía desarrollarse más que por y a través de un incesante proceso de reestructuraciones industriales requerido para permitir -a veces de manera brutal- el necesario reajuste en las relaciones de valor entre mercancías de valor de uso comparable pero producidas sobre bases diferentes y desigualmente eficaces desde el punto de vista de la valorización del valor.

. Reajustes que van a resultar periódicamente necesarios y cuya forma concreta es: quiebras industriales, comerciales o bancarias, eliminación de unidades de producción, concentración y centralización del capital.

En el fondo, todo proviene de que la racionalización de los procesos de trabajo es un constante vehículo y factor de «crisis». Cuando se desarrolla, provoca la invalidación de conjuntos-mercancías producidos sobre bases que su mismo progreso ha hecho arcaicas.

Tal es el origen de las quiebras y ruinas industriales en cadena que caracterizan a la década de 1930.

  2 -   El establecimiento de lo que se ha dado en llamar «nuevas normas de consumo» no va a efectuarse, por su parte, sin sacudidas ni rupturas. La destrucción del antiguo equilibrio «doméstico» y rural, la producción sobre una base capitalista de los bienes de uso necesarios, la extensión del salariado y la hegernónía de la forma dinero como instrumento y soporte del cambio son otros tantos fenómenos interdependientes que se apoyan unos en otros y se refuerzan, pero que también entran en contradicción a veces violenta con el antiguo orden de cosas.

A medida que se impone el nuevo, provoca mutaciones profundas y radicales en las condiciones de existencia y reproducción de las clases obreras. La afirmación de la producción «en serie» de las mercancías necesarias creaba ciertamente las condiciones del desarrollo del consumo en masa, pero la continuidad entre la producción y el consumo en masa sólo se establece tras un largo período de tiempo y recurriendo frecuentemente a medios forzados.

Ya a principios de siglo, Henry Ford insistía con su manera directa y particular (y mucho antes de las construcciones keynesianas relativas a la «demanda efectiva») en la necesidad de mantener ciertos equilibrios si se quería preservar a la incipiente producción en masa:

«...Nuestro propio éxito depende en parte de los salarios que paguemos. Si repartimos mucho dinero, ese dinero se gasta ... ; de ahí que ... esta prosperidad se traduce en un aumento de la demanda (de nuestros automóviles)

En su entusiasmo, llegaba incluso a replicar contra las tesis malthusianas, muy en boga entonces en el mundo de los negocios:

«¿Por qué, entonces, todos esos discursos sobre la disminución de la mano de obra y los beneficios que sacaría el país de la reducción de los salarios? Su resultado no es otro que la reducción del poder adquisitivo de los asalariados y el estrechamiento del mercado interior.
                                                                          My life, my work (1922)

Recordemos que, para aumentar el «mercado interior», Ford preconizaba distribuir «salarios altos»

De hecho, el «salario alto» (incluso cuando es llevado a la práctica, lo que sigue siendo excepcional) no conseguirá «absorber» por sí mismo las mercancías producidas en lo sucesivo a unas escalas y series prolongadas. Para asegurarles mercados y establecer con la producción en masa el consumo en masa que requiere, se multiplican las técnicas de consumo «forzoso», base del paternalismo industrial.

El desarrollo de la producción en masa es contemporáneo de los «economatos», almacenes donde el obrero debe alimentarse y abastecerse. Se paga al trabajador todo o parte de lo que se le adeuda no en dinero -equivalente general de las mercancíassino en «vales de compra» sólo canjeables por detenninadas mercancías vendidas en determinados establecimientos

Con el desarrollo del crédito al consumo se ha buscado otro relevo entre la producción y el consumo en masa. A finales de la década de 1920, se pueden enumerar en Francia cerca de cuarenta establecimientos de un nuevo tipo: sociedades de financiación para la venta a crédito.

No es posible sostener que ello sea obra de la casualidad: las más importantes son creadas por fábricas de automóviles y pretenden facilitar la compra de éstos. Es el caso de la SOVAC(Société de Vente a Crédít), creada en 1919 por iniciativa de Crtroén: de la DIAC(Diffusion Industrielle et Automobile par le Crédit). creada en 1928 y ligada a los Establecimientos Peugeot, de la CAVIA(Crédit pour I'Achat des Véhicules Automobiles), ligada a Simca. Otras sociedades se interesan por artículos más variados, especialmente por los electrodomésticos. La Serneuse, creada en 1919; el CREG (CréditElectrique et Gazier), creado en 1927 por Thomson-Houston; la Radio-fiducilaire, por Philips.

En todos los casos se trata de establecimientos de venta a crédito de bienes duraderos o sermduraderos que corresponden a las nuevas estructuras del consumo en las sociedades urbanas e industriales de occidente.

En el fondo de estos múltiples dispositivos hay una idea nueva aunque sencilla: la producción en masa supone la distribución de un poder adquisitivo suficiente en forma de salario y de renta. So pena de que a las posibilidades de «crisis» que resultan de las distorsiones introducidas por as las diferencias de productividad entre procesos de trabajo productores de valores de uso similares se añadan unas «crisis» que resultanan pura y simplemente de la falta de adecuación entre las nuevas estructuras de la producción y del consumo.

Hay que precisar todavía que este proceso no es solo virtual y potencial, es el proceso social necesario por el cual se extiende y desarrolla el salariado en una serie de desfases constantes, y tidos partir del «juego» entre normas nuevas de trabajo, de producción y de consumo en sus sucesivos «niveles» en el curso de su instalación.

A partir de estos elementos puede precisarse mejor el papel y el lugar del fordismo en la crisis de la decada de 1930. Ante todo, desde el simple punto de vista de la sucesión de los acontecimientos no se puede dejar de relacionar el hecho con la crisis de las mutaciones en las condiciones de existencia de las clases obreras que lo preceden y que constituyen las racionalizaciones taylorianas y fordianas de la gran industna capitalista.

Al introducir en la base misma de los aparatos de producción unas diferencias acentuadas del rendimiento y productividad del trabajo, al acelerar la ruina de la «pequeña» industria, alterar el modo de consumo y de reproducción de la clase obrera, al suscitar mediante el crédito y el consumo forzoso unos procesos en cadena de «pseudo-validación» de las mercancias, la racionalización del trabajo al nivel y en laescala en que se ha practicado, prepara el terreno de vulnerabilidad en que unos hechos determinados van a provocar la ruptura brutal y en cascadas ininterrupidas de los «grandes equilibrios» de la economia capitalista.

Más allá de esto, como «trabajo negativo», y en la medida en que exige y hace posible, a través de quiebras y reestructuraciones, cierto reajuste en las relaciones de valor la crisis debe ser considerada como parte integrante y constitutiva del proceso de acumulación del capital nuevo que se ha abierto paso.

Y conviene interpretar en este contexto este hecho notable de la decada de 1930: la entrada en vigor y como tal del Estado atravez del New Deal, en una tentativa repetida, extendida a lo largo de casi un decenio, de asegurar una «regulación» de los nuevos equilíbrtos y de las nuevas relaciones de clase.

Abarcando con una mirada el miserable estado de la economia, la angustia y también la violencia obrera y popular, Roosevelt expresara muy bien el nuevo sentimiento que invade los corazones. En un discurso que se ha hecho famoso de su campaña de 1932, exclama:

«Nuestro conjunto industrial esta ya edificado. Nuestra última frontera ha sido desde hace mucho tiempo traspasada, y ya no hay prácticamente tierras virgenes... Ya no queda ni una valvula de seguridad en forma de un Lejano Oeste al que puedan acudir para empezar denuevo todos aquellos a los que las máquinas economicas venidas del Este hayan privado de empleo..."

¡La última frontera! La imagen es impresionante. En esos confines, en ese límite, ya no hay salida, proseguirá Roosevelt. En adelante habrá que volverse hacia uno mismo. Sobre la quiebra del capitalismo «salvaje», el de Ford y Morgan, va a erigirse en adelante omnipresente el Estado

Pues es así como hay que comprender la irrupción del Estado: como fuerza última que sobreviene en la coyuntura de dos modos de acumulación del capital, para tratar de realizar por medios «forzosos» el ajuste de los nuevos «equilibrios» producidos por la producción en masa y esto mientras la clase obrera, cuya fuerza se había conseguido quebrantar, encuentra o reencuentra con ocasión de la crisis un terreno de unidad y recomposición: a favor del empleo, el salario y la renta, en contra de la racionalización y las bruscas reestructuraciones que la acompañan.

I   I

KEYNES: EL NEW DEAL y EL «ESTADO-PLAN»: LA RESPUESTA CAPITALISTA A LA CRISIS

En efecto, a partir de esta nueva eficacia de la resistencia obrera, que actúa sobre una estructura productiva también rota, hay que comprender e interpretar el gigantesco tren de «reformas sociales» que marca la entrada del Estado en una gestión enteramente nueva de las fuerzas de trabajo y del proceso de acumulación, y más precisamente de la relación entre fuerzas de trabajo y acumulación del capital.

En ese terreno fundamental va a constituirse la «política económica» keynesiana. Creemos que el keynesianismo debe ser relacionado directamente con el mecanismo en gestación de la producción en masa y, al menos, con dos de sus enseñanzas esenciales:

 1 -   La ley de la oferta y la demanda, los sindicatos y el equilibrio

Desde sus primeros escritos -en caliente, durante la crisis- se encuentra en Keynes, cosa digna de ser señalada, esa misma preocupación que inquietaba a Ford: mantener el poder adquisitivo, distribuir salario y renta, pues única y exclusivamente ahí está la condición del mantenimiento de un alto nivel de consumo y la «salida» de la crisis. Desde 1930-31 está presente todo o casi todo lo que se conservará del keynesianismo en materia de «política económica» y de recomendaciones prácticas. Bajo el muy significativo título de «Ahorrar o gastar», Keynes enuncia:

«Hay mucha gente hoy (...) que se imagina que ahorrar más de lo acostumbrado es lo mejor que se puede hacer (... ) para mejorar la situación general. .. Pero si ya hay disponible un irripor tan te excedente de parados ... la única consecuencia del hecho de ahorrar será añadir a este excedente y, por consigi.uente, aumentar el número de parados. Por otra parte, todo aquel que quede en paro de esta manera o por cualquier otra razón verá menguar su poder adquisitivo y provocará a su vez un paro aumentado entre los trabajadores que hayan producido lo que él ya no tiene medios para comprar. Y así la situación no dejará de empeorar en un círculo vicioso»

La «moraleja» subyacente, explicada por Keynes, es que:

«todo lo que dificulta los procesos de producción dificulta también los procesos de consumo de manera infalible»

Y por eso:

«es imposible dar trabajo a los parados manteniéndose en la reserva. Todo lo contrario, la actividad de cualquier naturaleza es el único medio de poner de nuevo en marcha los engranajes del progreso económico y la riqueza.»

Esto llevará a Keynes a oponerse radicalmente en 1931 al brutal programa elaborado por la «Comisión Económica» del Gobierno británico, tendente a «introducir la deflación haciendo que la reducción de los precios internacionales repercuta en los sueldos y salarios de Gran Bretaña»

La aplicación de las conclusiones de la Comisión Económica, afirma Keynes, se traduciría inmediatamente en «una reducción del poder adquisitivo de los ciudadanos británicos, en parte por la disminución de las rentas, y en parte por el paro de los trabajadores que todavía tienen un puesto de trabajo... Más allá todavía, el efecto sería disminuir los ingresos fiscales a causa de la reducción de las rentas y de las ganancias»Esta política que domina el informe es para Keynes «una política digna de la cordura de un asilo de alienados »

y lo que recomienda él es una política vigorosa de, consumo (que combata las tendencias al ahorro) y de inversion publica (sobre todo en obras públicas) por parte de las colectividades locales (es para ellas el momento «de dar pruebas de dinamismo», dice Keynes).

Estas recomendaciones «en caliente» serán seguidas, llegado el momento de la teoría, por las delicadas construcciones del posible equilibrio del subempleo, haciendo justicia al concepto neoclásico de «paro involuntario» Y a la famosisima «ley de los mercados». La formulación de la categoría de «demanda efectiva» y sus determinantes (funciones de ahorro, de consumo y de inversión) distinguiendo entre bienes de equipo y bienes de consumo, representa la forma desarrollada del edificio.

En los manuales de economía política se acostumbra hoya presentar las ecuaciones keynesianas de manera purame~te formal (R = e+ 1, 1 = A, etc.) =. El interés de tal presntación de las cosas es evidente; indica claramente -a diferencia de las ecuaciones marschallianas o walrassianas- aquello con lo que Keyries trataba de romper.

Pero el inconveniente tambien es considerable. Porque es muy de temer que, al no relacionar las nuevas condiciones del equilibrio con los nuevos mecanismos de la producción y del consumo en masa, se pase por alto lo que quizá haya sido esencial en la interpretación de Keynes: haber sabido registrar y, de una manera característica en él, formalizar las condiciones de existencia y reproducción de los mecanismos de la producción en masa.

En efecto, recuerde el lector moderno de Keynes que el autor de la Teoría general explicaba ya en 1925 las transformaciones en la vida económica mediante esta pasmosa afirmación:

«Las ideas que formaban parte de los tiempos antiguos con respecto a la moneda, cuando se creía que era posible modificar su valor y dejar a las leyes de la oferta y la demanda el cuidado de los reajustes necesarios, datan de hace cincuenta o cien años, cuando los sindicatos eran impotentes...»                                                                                                                         ¿Soy liberal?, 1925

Por otra parte, Keynes ya en esa época no se detenía aquí. Y, despidiéndose así de la sacrosanta ley del equilibrio por el juego del mercado monetario, daba todavía un paso mas. No contento con afirmar que la «ley» no vale desde que «los sindicatos son lo bastante poderosos como para intervenir en el juego de la oferta y la demanda», continúa señalando que «sin dejar de refunfuñar y darse cuenta del peligro que comienzan a suponer los sindicatos, la opinión pública apoya sus reivindicaciones (... ) cuando declara que estos últimos no deben ser víctimas de unas fuerzas económicas implacables que ellos mismos (subrayado por Keynes) nunca han desencadenado»

Resumiendo: no sólo el fin de la ley de la oferta y la demanda y la nueva eficacia de la resistencia obrera van unidos, sino que también es preciso tomar nota de la legitimidad de la reivindicación obrera. Responder a ella o dejar el sitio a otros.
Desaparecer.

Esa es la segunda vertiente de la «revolución keynesiana»: después de establecer los nuevos fundamentos teóricos del equilibrio, mostrar la necesidad política de una nueva gestión de la fuerza de trabajo.

 2 -    El Estado y la nueva política del trabajo

Sea cual fuere la novedad que introduce en la determinación de los parámetros juzgados pertinentes del crecimiento y la acumulación, sería un error considerar tan sólo el keynesianísmo en su dimensión puramente «económica». Por instigación de las ideas difundidas por Keynes a través del New Deal -y antes de que la posguerra venga a asentarlos definitivamente- aparecen en su forma casi acabada estos nuevos principios en la gestión de las fuerzas de trabajo que ya perseguían Taylor y Ford.

Desde el punto de vista práctico, corresponde otra vez a Roosevelt el mérito de haber expresado de la manera más clara este nuevo contenido de la «política del trabajo» que el Estado va a asumir:

«He planteado cinco cuestiones esta tarde a la National Manufacturers Association. Les he dicho: «Hace más de veintitrés años que estoy en contacto con ustedes. Que yo sepa, la NMA nunca ha estudiado ni tomado postura sobre la cuestión del salario mínimo durante todo este período; nunca ha estudiado ni tomado postura sobre la reducción de la duración excesiva del trabajo durante este período; nunca ha estudiado ni tomado postura sobre la indemnización de los accidentes de trabajo salvo para oponerse a ella; nunca ha estudiado ni tomado postura sobre el seguro de paro salvo para oponerse a él. Es un balance de actividades muy sencillo para su asociación durante estos veintitrés últimos años. Corríjanme si he cometido un error. Y me han dicho: «No, lleva usted razón»

Salario mínimo, duración del trabajo, accidentes, seguro de paro: como se ve, se trata muy precisa y exactamente de todas las cuestiones sobre las que el desarrollo (y el porvenir) del fordismo exigía unas modificaciones de gran amplitud. Tras el fracaso de la NMA al instaurarse como operador general de la reproducción del trabajo asalariado, al Integrar el tiempo y la previsión, A. Negri dirá que el Estado se convierte en «EstadoPlan»

Su resorte esencial, la política del trabajo y el salario, va a afirmarse cada vez más claramente como tendiente a un triple objetivo:

  -   fijación. de un marco jurídico-legal consistente en un conjunto de reglas y normas sobre la misma relación de. explotación (duración del trabajo, horas extras, trabajo de los niños, salario ...); en el fondo, se trata de poner al día y actualizar esta «legislación de fábrica» que Marx analizaba en la decada de 1860 cuando ya el Estado acudía en ayuda de la «gran industria» para tratar de sanearla y garantizar su expansión.

  -   instauración del salario indirecto (asignaciones familiares, enfermedad, jubilación) para repartir de otro modo los beneficios concernientes a las condiciones mercantiles y no mercantiles de reconstitución de la fuerza de trabajo, con el fin de asegurar sobre una base duradera la existencia de la mano de obra «barata» que necesita la gran industria.

  -   por último, estructuración enteramente nueva de la asistencia a los parados y accidentados, concebida no ya como un sistema de ayuda a los más necesitados (cosa que eran las «leyes sobre los pobres»), sino como un medio de incorporación y control de las fuerzas de trabajo coincidente en mantenerlas «en reserva» para la producción capitalista y el salariado.

La particularidad del Estado-Plan keynesiano no se limita, sin embargo al hecho de tornar a su cargo la reproducción de la fuerza de trabajo social. Consiste igualmente en el hecho de acoplar la gestión de la fuerza de trabajo obrera a los ritmos y modalidades de la acumulación de capital. En efecto, a partir del New Deal la relación capital/trabajo se encuentra circunscrita a dos novedades: una, de forma, es el establicimiento de contratos debidamente negociados que se intenta obtener; otra, de fondo, es que el contenido del contrato consiste en hacer que la elevación del nivel del salrio dependa del incremento de la «productividad».

Bajo la égida del Estado la busqueda sístematíca de cierta contractualización las relaciones de clase y de explotación sobre la base de la relación salario/productividad va funcionar en lo sucesivo como una poderosa palaca para asegurar la transformación de los antagonismos de clase, latentes o expresados, en «conflictos sociales» dependientes del juego sometido a reglas de la negociación entre «interlocutores sociales»

Al reformar el debate parlamentario -hasta entonces lugar exclusivo de la legitimación de la ley-, la practica del contrato colectivo y de los convenios negociados, cuando se generalice, dara una consistencia y una realidad completamente diferente a las prácticas capitalistas de la gestión de la fuerza de trabajo.

El New Deal lleva consigo esta revolución: el derecho reconocido de los obreros a negociar colectivamente las condiciones de trabajo y renumeración atravez de la septima sección del National Industry Recovery Act*

En Francia, el principio de los «convenios colectivos» comienza a abrirse camino con el Frente Popular. Para apreciar la envergadura del hecho basta recordar que el fenómeno dominante de la década de 1920 sigue siendo la violencia antiobrera organizada del open shop movement y que durante la crisis, los sindicalistq.s del automóvil, al final de su marcha sobre River Rouge (nueva sede de las fábricas Ford) son recibidos... a tiros

El nuevo modo de control social que instauran la sección 7 y el contrato colectivo mezclan y alternan, según la relación de fuerzas, compromisos y ataques, pero en cualquier caso trata de obtener la adhesión y el asentimiento de los representantes de los obreros a los «imperativos» de las reestructuraciones, la competitividad o la modernización. El Estado-Plan keynesiano se construye así, entre policía y el welfare, un nuevo terreno de legitimación, la garantía más firme por lo demás del mantenimiento del equilibrio y del nivel de la «demanda efectiva».

En la doble función que asegura en adelante -gestión de los grandes equilibrios del proceso de acumulación y de la relación de explotación y trabajo en el seno del taller-, el Estado-Plan keynesiano aparece ante todo como el tipo de Estado exigido por la producción en masa, como el Estado de la producción en masa.

El «crecimiento» hará el resto. En la posguerra, atravez de destrucciones y reconstrucciones, la mecánica constituida de la producción en masa va a desarrollarse plenamente y permitir, en total, una refundición casi completa de las líneas de fuerza y de las posiciones en la relación de las clases.

El obrero loco de Chaplin, pero también la seguridad social y el Estado: han nacido los «Tiempos Modernos». «La era de la opulencia», la «sociedad posindustrial», dirán algunos muy en serio.

la famosa crisis de la década de 1960, que se prolonga en la de 1970. Tras la conmoción de 1974-1975, el despertar será brutal.

Y ya están de nuevo en curso grandes maniobras. De la «crisis del trabajo industrial» a la «revalorización del trabajo manual» y del «nuevo orden económico mundial» a la conquista o reconquista de los mercados coloniales en un tercer mundo exangüe rebautizado como «Sur», los reajustes que se efectúan ante nuestros ojos anuncian tiempos de grandes mutaciones.